
COLUMNA
Altavoz Mexiquense
Por Rafa Cruz
Fuero: el súper poder favorito de la política mexiquense
En el Estado de México hay ciudadanos… y luego están los intocables.
Unos hacen fila, pagan multas, enfrentan auditorías, son detenidos por cualquier error administrativo o viven con el miedo de caer en la maquinaria burocrática. Los otros sonríen frente a las cámaras, levantan la mano en sesiones solemnes y descubren, mágicamente, que la ley puede ser flexible… cuando el cargo público funciona como escudo antibalas.
A eso le llaman “fuero”.
Y aunque oficialmente nació para proteger la libertad política y evitar persecuciones del poder, en la práctica mexiquense muchas veces parece más un seguro VIP contra las consecuencias.
Porque aquí el problema no es la existencia del fuero. El verdadero problema es el uso y abuso del fuero como símbolo de impunidad elegante.
En el discurso, el servidor público “representa al pueblo”. En la realidad, algunos terminan representando algo más parecido a una franquicia del privilegio.
Resulta curioso cómo ciertos personajes descubren el amor por el servicio público justo cuando aparecen investigaciones, señalamientos, cuentas pendientes o expedientes incómodos. De pronto, la vocación política florece milagrosamente. Casi como si una candidatura fuera vitamina jurídica.
Y entonces ocurre el espectáculo favorito del sistema: El ciudadano común enfrenta la ley. El político negocia tiempos.
El ciudadano acude al Ministerio Público. El poderoso acude a conferencias de prensa.
El ciudadano responde preguntas. El político responde: “Esto es persecución política”.
Esa frase ya es un clásico del repertorio nacional. Funciona para todo. No importa si hay contratos dudosos, enriquecimiento inexplicable o decisiones oscuras. Basta declararse víctima y posar frente a un micrófono con gesto solemne.
Lo verdaderamente irónico es que muchos de quienes prometieron acabar con privilegios terminaron enamorados de ellos. Criticaron el fuero cuando estaban abajo… y lo defendieron cuando llegaron arriba.
Porque en México hay tradiciones muy arraigadas: los tamales el 2 de febrero, el tráfico eterno… y la amnesia política.
El problema de fondo es que el abuso del fuero manda un mensaje devastador para la sociedad: la justicia no es igual para todos.
Y cuando la ciudadanía percibe eso, comienza algo todavía más peligroso que la corrupción: la normalización del cinismo.
La gente deja de indignarse. Ya ni se sorprende.
Escucha nuevos escándalos como quien escucha el reporte del clima: “Probabilidad de impunidad del 90%”.
Mientras tanto, miles de mexiquenses salen todos los días a trabajar honestamente, sobreviven entre inseguridad, transporte colapsado, calles abandonadas y servicios deficientes… viendo cómo algunos funcionarios parecen vivir en un país distinto, uno donde las responsabilidades siempre llegan… pero nunca los alcanzan.
El fuero no debería ser escondite. Debería ser garantía democrática excepcional.
Pero cuando se convierte en blindaje político permanente, deja de proteger instituciones y comienza a proteger intereses.
Y ahí es donde nace el verdadero enojo social.
Porque el ciudadano no exige privilegios. Exige piso parejo.
No pide venganzas políticas. Pide consecuencias reales.
No quiere espectáculos mediáticos. Quiere justicia sin apellidos, sin partidos y sin padrinos.
Tal vez el día que el poder deje de usar el fuero como paraguas personal, la gente vuelva a creer un poco más en sus instituciones.
Mientras tanto, en el Estado de México seguimos viendo cómo algunos políticos no buscan servir al poder… sino sobrevivir gracias a él.
